HUMOR CIENTÍFICO

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¿Con qué se cura la anemia? Con Fe

martes, 21 de febrero de 2017

PATON

Me llamo Miguel Patón y soy un PES, un profesor de educación secundaria, vaya. Tengo 30 años de experiencia (30 años encima del andamio, como le gusta decir a un compañero que se me jubila) y 55 de edad.
Como tengo la mala suerte de haber nacido un 25 de septiembre y no en agosto, no tengo derecho a la reducción de dos horas lectivas por edad. Como no soy tutor, ni jefe de departamento, ni soy directivo ni coordinador de nada, resulta que este año doy veinte horas de clase, clase. ¡20 horas!.
Ya imagino la reacción del 99 % del público que lea esto. ¡20 horas de trabajo a la semana!, ¡qué cabrón!. Y con vacaciones de verano, navidad, semana santa, puente de la Inmaculada.... ¡la hostia!. Y eso sin contar que es un trabajo de por vida y con un buen sueldo.
¿Buen sueldo?. Un momento, un momento. No es mal sueldo, hay que reconocerlo, pero tampoco es un sueldazo para un licenciado grupo A (el máximo) de la Junta con treinta años de servicio experto en todo. Porque un PES de hoy en día no es un profesor de antaño, que vá.
Un PES actual es un experto del copón: sabe física y química y cómo enseñarla (es lo mio); pero también matemáticas, biología, geología; además de lengua, informática, ofimática, técnicas de estudio, psicología, habilidades sociales y....  (ponga usted aquí todo aquello que se le ocurra a la administración que debemos saber, incluida historia de la religión por necesidades del centro o como diseñar un plan de autoprotección frente a incendios, inundaciones o confinamiento por terremotos o huracanes).
                Y además sabe enseñar todo eso adaptándose a cualquier nivel académico real del alumno (desde que el alumno tiene un nivel de segundo de primaria hasta el universitario, pues también hay alumnos de altas capacidades, o sea, superdotados) o a cualquier otra circunstancia propia del niño, como discapacidad física o psíquica, necesidades educativas (niños hiperactivos, con déficit de atención, dislexia...) e incluso problemas de índole social, económico o de integración (por razón de raza, etnia.. etc, etc).
Un ejemplo: en un antiguo centro (el IES Tycho Brahe en Huelva) el orientador me dijo que si Fran no sabia leer pues que esa era ahora mi primera tarea, que después (ya si eso) vendría lo de enseñarle algo de ciencias naturales. ¡Ah, y que no se te olvide que hay otros veinticinco en su clase!.
-Aún así son muy pocas horas- , dirá el público.
 Perdone, que son treinta horas de permanencia en el centro. Y además hay que preparar clases, preparar y corregir exámenes, mandar y responder correos de tus compañeros y de los alumnos (cosa nueva desde que hay internet, que parece que siempre estás de guardia), preparar prácticas de laboratorio.....
- Pero hay muchas vacaciones.
Correcto. Y las necesitamos desesperadamente. Llega un momento del curso en el que te parece que el principal objetivo es llegar vivo al mes de julio (he visto alguno que otro que no lo consiguió).
-Al menos eres un profesional respetado- insistirán ustedes.
Pues tampoco.  Antes cuando ibas por el pasillo los alumnos se paraban para dejarte pasar y te daban los buenos días. Hoy vas a clase esquivando a grupos de alumnos, evitando que te golpeen (sin querer, eso sí) o directamente que te arrollen (¡Ay esas carreritas mañaneras para abrazarse a esa amiga que hace tanto tiempo que no ves... concretamente desde las 14:30 de ayer!). Si  entras en clase y das los buenos días, te contesta, si acaso, una vocecilla en medio del caos. Si te pones serio y lo repites alzando la voz, consigues, con suerte, que te responda el 30 % del personal y los demás siguen a lo suyo. Aunque consuela saber que en bachillerato el porcentaje de respuesta es mayor.
Antes, si reñías  a un alumno,  éste se venía abajo y si llamaban a su padre le caía la mundial y volvía más suave que un guante. El PES de hoy riñe con cuidado, según qué clase, no vaya ser que te pases un poco y el padre la líe en jefatura de estudios.
Si  decías que eras profesor veías el respeto en los ojos de la gente: ese es el tío que va a ayudar a que mi hijo tenga una vida mejor o hay que ver lo listo que debe ser para ser un profe. Antes tenías libertad total de cátedra para hacer lo que muy poca gente sabía y se atrevía a hacer: enseñar química o física.
Hoy en día, todo el mundo opina sobre cómo debes hacer tu trabajo: pedagogos (sepan o no sepan una palabra de física), políticos (con o sin estudios), padres y madres (miembros o no de asociaciones de padres), educadores sociales, maestros jóvenes con experiencia cero en lo tuyo (pero, eso sí,  con un máster de realidad ampliada aplicada a la educación), periodistas de verdad y de mentira e incluso colaboradores del “programa de Ana Rosa” si se tercia.
Y así la autoridad y el respeto se han ido esfumando con el paso de las décadas, lentamente, gota  a gota. Hoy somos autoridad pública.... pero que el niño te firme un recibí si le das el papel para recuperar la pendiente, no sea que diga después que no se lo has dado y tengas que aprobarlo por la cara.
 No hay una profesión que haya sufrido una mayor degradación social. Y por eso me rebelo ante la última ignominia: una conferencia de pedagogos en Dohan que analiza los males del profesorado (sólo los nuestros claro). Así, sin anestesia.
Y claro ha faltado tiempo para que todos se apunten a tirar al muñeco: pedagogos universitarios que nunca han pisado esos institutos andaluces de secundaria, ministros que encargan libros blancos sobre nosotros, periódicos opinando a todo tren, asociaciones de padres con el dedo cerca del móvil para comentarlo con el grupo del wasa (¡si ya lo sabía yo!, piensan).
¿Qué me equivoco?. Lean hoy El Mundo: “la selección de profesores, talón de Aquiles del sistema educativo”. Se lo resumo: a los profesores se nos selecciona mal y se nos forma peor. Nuestro nivel no es bueno (démosles tiempo y dirán deplorable). ¿De verdad piensan que si nos sustituyen por  esos fantásticos maestros finlandeses el nivel educativo subiría como la espuma?.
Ya me gustaría a mí ver a esos gigantes de la Educación (el Sr. Marina, catedrático excedente de Filosofía o el Sr. Azcárraga, catedrático emérito de Física teórica) enfrentarse a esa clase de segundo de la ESO que yo me sé. A ver qué eran capaces de hacer con su estupenda formación. Suerte tendrían si no acaban tomando valium (o prozac) a las dos semanas.
Y por eso empiezo a escribir esta serie de artículos para contar, en clave de humor, amable hasta donde puede ser, esas historias de trastienda que ocurren en nuestros centros educativos. Historias que encierran en sí mismas las causas por las que nunca podremos salir del furgón de cola de la educación, causas por las que el sistema educativo no puede funcionar decentemente. Historias que desnudan a esos personajes y objetos que pueblan nuestras escuelas.
No se trata de denunciar a nada ni nadie, pues todos somos culpables en cierta medida. Incluidos los profesores, incluido yo mismo.


PD:  Todos los nombres que aparecen en este post son ficticios y no se corresponden con personas ni centros educativos que existan en la realidad. siendo cualquier parecido con ésta mera coincidencia.

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