HUMOR CIENTÍFICO

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¿Con qué se cura la anemia? Con Fe

lunes, 21 de abril de 2014

VIERNES, 13

        El profesor Jorge Wagensberg Lubinsky es, además de un destacado profesor-investigador  en la universidad de Barcelona, un afamado divulgador del pensamiento científico y de la ciencia. En uno de sus libros podemos leer: “A lo mejor resulta que la pedagogía no existe”.
            Pero claro, el bueno de Jorge se refiere a la pedagogía como “conjunto de teorías que sirven para transmitir cualquier tipo de conocimiento” y la definición de pedagogía actual es “ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza”, que no es lo mismo.
Y más todavía en los tiempos que corren, en los que el “conocimiento” es el gran olvidado. Cada vez mas el objetivo en la escuela es educar, enseñar a ser competente en matemáticas (¡no a saber matemáticas!), que el alumno “aprenda a aprender”, etc. Al final, los pedagogos piensan (y nos dicen), que hay métodos de enseñar que funcionan en cualquier circunstancia que imaginar podamos para cualquier cosa que enseñar queramos.
Esto último es insostenible. Esto es algo que he comentado muchas veces con otros  profesores, sobre todo cuando te encuentras con otros colegas que son amigos tuyos y hay una buena cerveza de por medio.                                        
            Inauguro aquí una sección que titularé “cuentos pedagógicos”. Mi intención  es mostrar la falacia, con toques de humor, de estos errores pedagógicos.
Empezaré con una historia ficticia nacida de una conversación con un compañero con el que coincidí hace años y con nombres de alumnos ficticios….basados en hechos reales; pero que ilustran una primera reflexión: el acto de enseñar y aprender ocurre un situaciones únicas, con un profesor irrepetible que se encuentra con alumnos irrepetibles (¡cada uno de ellos!), con su ADN propio y sus vivencias propias; en un ambiente cultural concreto, con familias irrepetibles y en un grupo de clase también irrepetible y con un conocimiento concreto a transmitir.
Conclusión: no es posible la existencia de tales métodos generales.

Viernes 13, quinta hora. Intento explicar en un curso de segundo, de cuya letra no quiero acordarme, cómo funciona el sistema endocrino. En el otro segundo he conseguido un éxito rotundo; me han aseteado a preguntas y sólo he podido escribir dos líneas del esquema que tenía preparado (y luego dicen algunos pedagogos que las clases hay que prepararlas al minuto).
Al hablar de las hormonas los enganché con la testosterona y el desarrollo de las características sexuales. El aluvión de preguntas dio para mucho: el peligro de los esteroides utilizados para aumentar la masa muscular en gimnasios, las hormonas para el aumento de pecho, el cambio de sexo, transexualidad y hombres embarazados... transversalidad en estado puro, que dirían los gurús de la logse.
Pero un  viernes a quinta hora nada puede funcionar en este segundo. La señorita Carmen intenta, como siempre, como en todas las clases; campar por sus respetos y se levanta otra vez. Canta, mira por la ventana, habla con la pared. Desesperado, le digo que se siente en mi silla y que no hable con mi botella de agua, que a la pobre le duele la cabeza. No le expulso de clase porque sería la tercera vez en tres clases consecutivas y es muy probable que me riñan si lo hago.
Me vuelvo a la pizarra, escribo una línea y, al girarme, me encuentro al grupo de Gonza (por González, al que apodo así cariñosamente  de vez en cuando y que conste que con su permiso, pues le hace sentir que es especial conmigo) desparramado por las sillas y las mesas, que han agrupado. Les aviso y los separo por todo el aula, en distintas mesas individuales.
Otras dos líneas más y el grupo de los que trabajan para aprobar ha desertado: Manu mira ensimismado  lo que hace Carmen (me ha cogido un folio sin mi permiso y dibuja), el otro Manuel mira al suelo, Jose está en la página equivocada, Merche juega con David e Isa mira al infinito y más allá.
Me derrumbo y admito la derrota.
- Léanse las páginas 54 a 60- digo, a sabiendas que no van a leer ni hacer nada- y hagan las actividades 3 a 6.
Carmen se levanta  y al grito de ¡barra libre!, corre a sentarse con el grupo de Gonza, que se ha reorganizado incluso antes de terminar mi frase.
Así que me siento e intento adelantar algo de trabajo mientras contemplo el desolador paisaje educativo, parando, eso sí, para advertir a una parejita que los cariñitos, por favor, que los dejen para el parquecito que hay  cerca del centro.

¿Cuántos experimentos han hecho los científicos-pedagogos sobre la mejor manera de enseñar el funcionamiento del sistema endocrino en un grupo cómo este?. Apuesten a caballo ganador y acertarán.


4 comentarios:

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  2. La ciencia tiene límites y la Pedagogía es una ciencia. Por encima de ella, de la ciencia ¿qué hay? El maestro debe contemplar la ciencia desde arriba: ahí está para alguna vez en la que todo "cuadre"; pero y si no, qué. Manuel, ya hablamos un día de eso...Nos vamos acercando. El día a día, el minuto, tiene muchos recovecos. Dónde está la clave.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. El problema Mamen es que llamamos ciencia a actividades que no usan el método científico y así no vamos a ninguna parte. Para que sea ciencia debe ser:
    Objetiva , es decir, no debe haber interacción entre el observador y el objeto a observar.
    Inteligible: debe poder reducir el objeto estudiado a algo mas sencillo. Esto se interpreta en términos de deducir leyes matemáticas que describan el objeto o el fenómeno estudiado.
    Dialéctica: debe comprobar sus resultados constantemente con la realidad, de manera que a una misma pregunta a la realidad, ésta debe darnos la misma respuesta. En caso contrario mis afirmaciones son incorrectas.
    ¿Cuanto crees que se ajusta la pedagogía a estas características?
    No digo con ello que la pedagogia no tenga validez alguna ni mucho menos, sólo limito su campo y "la pongo en su sitio".
    Por lo demás encantado de saber algo de ti.

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